Saludos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo amado hermano Gustavo Villalobos. Gracias por sus palabras y por ser parte…
Si existe una ley, es porque existe un legislador.
Algunas personas afirman que no existe una ley moral universal y objetiva. Una ley interior en el hombre que le dice en su conciencia que es lo que está bien o que está mal en sus actos. Más bien, muchas de estas personas afirman que, todo lo que creemos o defendemos en nuestra forma de ver e interpretar la vida es relativo. Pero ¿qué significa relativo en este contexto?
Pues, se conocen tres formas o expresiones diferentes del relativismo: el relativismo cultural, el convencionalismo, y el subjetivismo ético. En este artículo no profundizaré en cada uno de ellos. Sólo de manera breve los describiré.
- El relativismo cultural. Está corriente de pensamiento se basa en la observación según la cual diferentes culturas parecen tener principios y valores diferentes, y puesto que todas tienen diferentes sistemas de valores no puede haber moral objetiva ni un único sistema que dictamine lo que sea correcto. Por ejemplo, en la cultura de México actualmente la sociedad considera correcto el matrimonio homoparental, mientras que, en la cultura del país de Somalia en África, no solo está mal, sino que está penado. El relativismo cultural afirmará que ninguno de los dos países está mal.
- El convencionalismo es una corriente de pensamiento que sostiene que cada sociedad decide que está bien y que está mal. Al contrario del relativismo cultural, según el cual no hay posturas correctas ni incorrectas, el convencionalismo afirma la existencia de lo correcto y lo incorrecto, pero su definición varía de una sociedad a otra. El criterio de la mayoría determina las normas y lo moral se iguala con lo legal. Argentina es un buen ejemplo del convencionalismo, ya que una parte de la población ha decidido que lo correcto es que los maestros enseñen a sus alumnos que el sexo es una construcción cultural. Si los maestros se oponen, están siendo castigados de diferentes formas. Porque muchos han decidido que eso (negarse a fomentar las actividades de la agenda LGBT) está mal. Y esto se ha legislado.
- Y el subjetivismo ético es el poder de que cada individuo decida lo que está bien y lo que está mal. Y esta la expresión más difundida del relativismo. Bajo esta visión dos personas pueden tener diferencias de opinión sobre el aborto, uno en contra y el otro a favor, y ninguna de las dos estaría mal, ya que las dos tienen una opinión válida y merecen que se respete dicha opinión.
Pero es importante destacar que, aunque estas posturas son populares, en la realidad diaria ningún relativista vive acorde a su filosofía. Piénsalo: si tú eres relativista, y un día tomas un taxi, y el taxista te cobra el doble “porque en su opinión el precio justo es ese”, no dices: “Ah, claro, él está en lo correcto porque así lo ve él”. O si tu jefe decide no pagarte el sueldo completo este mes porque, “según su cultura empresarial”, cree que, si a la empresa le fue mal, lo justo es que tú también pierdas… tú no ves estos casos como una diferencia de perspectivas respetable, ni consideras que ambas están bien. Claro que no, te indignas, porque sabes que está mal tanto el taxista como tu patrón.
Entonces, ¿por qué muchos siguen afirmando que todo es relativo, pero explotamos cuando nos hacen trampa? Porque en el fondo reconocemos que hay cosas que no dependen de gustos, modas o acuerdos: hay acciones que deben ser condenadas y otras que deben ser defendidas. Nos guste o no, vivimos apelando a un estándar que trasciende las opiniones personales. Es la paradoja de todos los días: alguien suelta “cada quien su verdad”, hasta que un árbitro inventa un penal en el minuto 90 contra su equipo. En ese instante no responde “bueno, así es la cultura del futbol”; claro que no, protesta. Y protesta como si existiera una regla real que el árbitro debería respetar. Esa reacción instintiva sugiere que vivimos como si hubiera bien y mal objetivos. Dicho de otra forma: cuando la injusticia nos toca, el relativismo se nos cae de la bolsa.
¿No cambia la moral con el tiempo y entre culturas?
Cambian costumbres y prioridades, no la certeza de que hay cosas que no deben hacerse. Las sociedades han discutido el cómo aplicar la justicia, pero el fondo (prohibir el asesinato, valorar la honestidad, proteger a los vulnerables, recompensar al justo) aparece una y otra vez en todos los estratos sociales, pobres y ricos, cultos y analfabetas, flojos y trabajadores. Y no nos confundamos con el hecho de que mucha gente se ha acostumbrado a lo malo, por ejemplo, cuando miente, y se acepta la mentira como normal, pero eso no vuelve a la mentira buena; esto solo nos describe una conducta sociológica. La sociología describe lo que es; la moral prescribe lo que debe ser.
Por ejemplo, una mamá puede enseñar a su hijo a decir mentiras para salir de problemas —como cuando le dice: “Si llaman, diles que no estoy”—, pero si ese mismo hijo le miente a ella, se enoja. ¿Por qué? Porque, en el fondo, reconoce que mentir está mal… salvo cuando le conviene. Otro ejemplo: si un joven encuentra una cartera llena de dinero y se la queda, algunos dirán que es “inteligente”, pero si al día siguiente ese joven es víctima de un fraude bancario, exigirá justicia y honestidad. En ambos casos, el juicio moral no desaparece, solo se tuerce por conveniencia.
Eso demuestra que la moral no cambia realmente; solo cambia la excusa para hacer lo malo. Lo que ayer se consideraba deshonesto, hoy se maquilla con palabras modernas, pero el corazón humano sigue reaccionando con indignación cuando lo dañan. Y eso revela que hay algo más profundo que las normas sociales: una ley moral escrita en el alma. La cultura puede disfrazar los errores, pero no logra borrar la voz interior que nos recuerda lo que está bien y lo que está mal.
¿No bastan la tolerancia, el consenso o la evolución social?
La tolerancia ya trae un “debes tolerar” integrado; pero tal tolerancia moderna no resuelve qué es lo que no se debe tolerar. El consenso ha respaldado atrocidades, como cuando un pueblo decide linchar algún político, pero, que una mayoría aplauda algo no lo hace justo. Y la evolución social explica por qué cooperamos, pero no por qué debemos ser justos cuando deberíamos de hacerlo. Ninguno de estos marcos produce, por sí solo, obligaciones con fuerza normativa. Todo esto nos dice que la obligación de hacer lo correcto, y de condenar todo abuso o injusticia, no procede de ningún sistema social humano. Eso tuvo que ser implantado en nuestra psique, es inherente.
Piénsalo: si un maestro decide reprobar a un alumno solo por el hecho de que “el grupo lo votó así”, estaríamos ante una injusticia disfrazada de democracia. El simple hecho de que todos estén de acuerdo no convierte una acción en moralmente correcta. Y si alguien dijera: “Bueno, así ha evolucionado la disciplina académica”, nadie lo aceptaría. El sentido de deber, de justicia, no nace del consenso, ni de la tolerancia, ni de procesos biológicos. No toleramos el robo cuando es a nosotros. No aplaudimos el consenso si implica perjudicar al inocente. No celebramos la evolución si nos hace perder derechos. Todo esto apunta a que existe una ley interior en nosotros. Y esa ley no la inventamos nosotros… solo la reconocemos.
Entonces, ¿cuál es el argumento de la ley moral?
(1) Si no existe Dios, no existen valores y deberes morales objetivos; solo quedarían hechos sociológicos o biológicos.
(2) Pero sí reconocemos valores y deberes morales objetivos: que torturar inocentes está mal, que la honestidad es un bien, incluso cuando nadie mira.
(3) Por tanto, es razonable concluir que Dios existe.
Tenemos que entender que esta forma de comportamiento moral no surge en el vacío: nuestra experiencia de obligación moral posee autoridad normativa y no solo fuerza psicológica. Esa percepción universal— Esa sensación de ‘deber’ en los actos que vence la conveniencia es algo básico que podemos aceptar sin más pruebas. El naturalismo evolutivo, por su parte, describe cómo llegamos a cooperar, pero no funda la normatividad; confunde el origen causal con la validez. Las leyes físicas explican regularidades del ser, no prescriben el deber ser; para un “debes” se requiere una Mente personal, no meros átomos ni algoritmos ciegos. Llamar “ley” a lo moral sin Legislador es como hablar de “leyes matemáticas” sin matemáticas: palabras sin anclaje. En suma, la ley moral apunta, no a un consenso, sino a un Legislador moral que funda tanto el valor intrínseco de las personas como el deber que nos vincula a nuestro prójimo.
¿Cuáles son las seis razones clave para pensar que esa ley moral sí existe?
1- Coherencia práctica. Vivimos reclamando justicia. Quien dice “no hay absolutos” hace una afirmación absoluta. Y en la vida diaria exige trato digno, cuentas claras y juego limpio. La conducta contradice el discurso.
2- Nuestro lenguaje moral presupone un patrón. Decimos que una comunidad “mejoró” o “empeoró”. Esas palabras solo tienen sentido si existe un patrón que permita medir progreso o retroceso. Sin un estándar, “mejor/peor” se queda flotando la afirmación.
3- La disidencia significativa necesita un piso más alto que la mayoría. Protestar contra una ley injusta supone criterios por encima del poder de turno. No partimos de ocurrencias privadas, sino de principios públicos. En México, “Sentimientos de la Nación” (1813) y el “Plan de Iguala” (1821) apelan a libertades y derechos que el Estado reconoce, no regala; eso solo es coherente si hay justicia objetiva que vincula a todos.
4- No puedes decir que algo está torcido si no tienes una regla. En moral pasa igual: si la “regla” cambia según el humor, lo chueco se vuelve puro gusto personal. Es como medir con una regla de plastilina: cada quien la estira a su modo. O como pesarte en una báscula descompuesta: nunca sabrás la verdad. Si hoy te indigna un soborno, pero mañana lo justificas “porque te convino”, tu medida se dobló.
5- Para señalar corrupción, abuso o fraude, necesitamos una medida moral estable, que no dependa del día ni de la conveniencia. Sin esa línea derecha, “torcido” ya no significa nada.
6- Diferenciamos conductas de forma real, no solo cultural. La comparación entre Pol Poot (responsable de matanzas masivas) y, en el otro extremo, figuras como la princesa Diana de Gales en labor humanitaria no es un capricho cultural: percibimos una diferencia moral sustantiva.
Así que, ni el consenso ni la biología generan el “debes”. Las mayorías suman votos; la evolución, conductas. Pero obligar a “hacer lo justo, aunque me cueste” no sale de una encuesta ni de un gen. Para el deber necesitamos algo más robusto que un promedio estadístico o un instinto.
¿Y México cómo se ancla a ese terreno común?
Nuestros documentos fundacionales no dicen “así nos gusta a nosotros”, sino “esto debe protegerse”: libertad, seguridad, igualdad jurídica. Ese lenguaje suena a norma que trasciende gobiernos y épocas. Es el eco público de la misma intuición que te mueve a decir: “No se vale”. Por eso el Artículo 1º establece, sin rodeos, que “está prohibida la esclavitud” y que toda persona que pise el territorio nacional “alcanzará… su libertad y la protección de las leyes”, además de prohibir “toda discriminación” por origen, género, edad, salud, religión u opiniones.
Cuando hablamos de seguridad jurídica, el Artículo 16 nos recuerda que “nadie puede ser molestado en su persona, familia, domicilio, papeles o posesiones” sin mandamiento escrito y fundamentado por la autoridad competente; es una forma constitucional de decir: la ley está por encima del capricho. Y cuando pedimos justicia sin arbitrariedades, el Artículo 14 fija un límite claro: “A ninguna ley se dará efecto retroactivo en perjuicio de persona alguna”; no se vale cambiar las reglas a mitad del partido. La libertad pública también se ancla en la Constitución: el Artículo 6º reconoce el derecho a “buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole” y obliga al Estado a garantizar el acceso a la información; sin verdad accesible, no hay juicio moral responsable.
En conjunto, estos principios dibujan la “línea recta” con la que medimos lo “chueco”: dignidad humana, igualdad ante la ley, límites al poder y acceso a la verdad. No son ocurrencias del día; son compromisos que reflejan un terreno moral común que México reconoce y protege en su Carta Magna.
¿Qué ganamos si tomamos en serio esa intuición moral?
En nuestra vida diaria actuamos como si hubiera una ley moral. Y si hay ley, la hipótesis más razonable es que hay un Legislador moral de la humanidad. Tal afirmación no es un salto ciego: es seguir la pista de lo que todos practicamos cuando exigimos justicia. Podemos decir que la prueba de la existencia de Dios está en nosotros mismos, y en una sociedad que, aunque sea cuando le conviene, exige derechos y justicia. Así que no tenemos por qué negar esta evidencia de la existencia de Dios solo por un desacuerdo o inconformidad intelectual.
Tomarla en serio nos vuelve coherentes:
- Dejamos de vivir como relativistas en teoría y moralistas en la práctica.
- Obtenemos un fundamento para los derechos humanos: que no dependen del ánimo de la mayoría, sino de la dignidad dada por Dios.
- Fortalece la conciencia: el “debes” no es capricho cultural, sino el llamado a responder ante el Bien.
- Orienta la vida pública: leyes y castigos buscan el justo orden, no la conveniencia del más fuerte.
- Abre camino a la esperanza: la justicia no es un sueño ingenuo, sino una exigencia real.
- Invita a la responsabilidad personal: si el bien existe, yo debo ajustarme a él.
- Y promueve humildad intelectual: reconocer a Dios como Legislador no cancela la razón; la ilumina y la dirige.
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Frase de la Semana
La existencia de Dios es evidente en si mismo, pero no para nosotros, por tanto DEBE DEMOSTRARSE.
Tomas de Aquino






Excelente artículo. DIOS le siga bendiciendo.
Bendiciones hermano Wilfredo. Nos alegra saber que este artículo haya sido de bendición a su vida. ¡Shalom!