¡Saludos cordiales mi apreciable hermano Ubaldo! Es un gozo muy grande saber que este tema sea de bendición a su…
Una mirada racional a los pasajes difíciles del Antiguo Testamento.
Antes de juzgar a Dios por los textos más crudos de la Escritura, es necesario detenerse y observar con serenidad lo que realmente dicen estos pasajes. Este artículo no busca justificar a Dios —Él no necesita defensa humana—, sino ofrecer una mirada racional que permita entender por qué ciertos pasajes que parecen crueles, en realidad revelan su justicia y santidad.
Una de las razones por las cuales los ateos o escépticos de la Biblia rechazan las enseñanzas de esta, es porque no comprenden estos pasajes complicados que existen principalmente en el Antiguo Testamento. Y es muy evidente que sean complicados, ya que la Biblia no es un libro común: está conformada por 66 libros escritos a lo largo de un período de aproximadamente 1600 años. Cada uno de estos libros fue redactado en una zona geográfica diferente de los otros, y sus autores crecieron en culturas muy distintas entre sí. Por lo tanto, cada escrito refleja una cosmovisión particular y circunstancias históricas concretas.
Por eso, cuando estudiamos la Biblia, lo primero que debemos hacer es situarnos en la condición del autor y no en la nuestra. No podemos leer con ojos del siglo XXI lo que fue escrito en el contexto de pueblos agrícolas, patriarcales y con códigos legales y morales muy distintos a los nuestros.
Entre los libros más difíciles de entender se encuentran precisamente los del Antiguo Testamento. Estos fueron escritos en culturas anteriores a Cristo, dentro de civilizaciones orientales cuya mentalidad es profundamente diferente a la occidental. Y a esto se suman algunos pasajes que resultan desconcertantes, como aquellos donde se narran episodios en los que Dios ordena la destrucción de pueblos enteros, incluyendo la matanza de ancianos y niños. Desde nuestra sensibilidad moderna —que protege con razón a los más vulnerables—, tales textos pueden parecer crueles o inhumanos. Por eso, cuando se leen superficialmente, es de esperarse que muchos se escandalicen.
Sin embargo, como señala el apologista Josh McDowell, “los textos bíblicos deben interpretarse a la luz del propósito de Dios y del contexto en el que fueron escritos, no desde las emociones del lector moderno”. Es injusto, y metodológicamente incorrecto, juzgar la Biblia fuera de las reglas normales que usamos para interpretar cualquier documento antiguo. Ningún historiador serio leería las leyes de Hammurabi o las crónicas egipcias aplicando los valores del siglo XXI; lo mismo debe de ser con las Sagradas Escrituras.
En este artículo quiero abordar precisamente esas acusaciones que con frecuencia se lanzan contra la Biblia y, por extensión, contra su Autor. Algunos detractores aseguran que el Dios del Antiguo Testamento es un ser colérico, sanguinario y cruel. Pero apologistas como el filósofo William Lane Craig han explicado que esos juicios no consideran el trasfondo moral de los pueblos mencionados ni el papel del pecado en la historia humana. Craig argumenta que “si Dios es el Creador y dueño de toda vida, tiene el derecho moral de quitarla cuando el juicio es justo y necesario”. En otras palabras, lo que para nosotros parece una tragedia, desde la perspectiva divina es un acto de justicia frente al mal que se ha multiplicado sin remedio. También el gran apologista, el Dr. Ravi Zacharias, por su parte, solía decir que “cuando el hombre pretende ser el juez de Dios, termina acusando a la justicia misma de ser injusta”. Y tenía razón. Nuestra confusión moral nace cuando creemos que entendemos mejor que Dios lo que es bueno o malo.
Permítanme citar algunos de los pasajes más controversiales para analizarlos con honestidad y razón:
1 Samuel 15:2–3 (RVR1960)
“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel, al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.”
Deuteronomio 20:16–18 (RVR1960)
“Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida; sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado; para que no os enseñen a hacer según todas sus abominaciones que ellos han hecho para sus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios.”
Josué 6:21 (RVR1960)
“Y destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, ovejas y asnos.”
¿Es, entonces, el Dios de la Biblia un ser sanguinario, sádico e inhumano que manda asesinar a personas inocentes? ¿O más bien hemos estado interpretando mal los actos de un Dios santo que juzga con justicia aquello que el hombre ha corrompido? Como veremos en los siguientes apartados, el contexto, la historia y la santidad divina ofrecen una respuesta muy distinta a la que las apariencias superficiales nos hacen pensar.
¿Son los cananeos personas inocentes?
Uno de los temas más debatidos por los críticos de la Biblia es la aparente severidad de Dios en los relatos del Antiguo Testamento, especialmente cuando ordena a Israel destruir a los cananeos. A primera vista, esto parece un acto cruel y despiadado, incompatible con el amor de un Dios justo. Sin embargo, esa lectura superficial no toma en cuenta ni el contexto histórico, ni la intención moral de esos juicios divinos.
Muchos lectores modernos juzgan estos textos desde su propia cosmovisión occidental y contemporánea, olvidando que los autores bíblicos vivían en un mundo completamente distinto, con costumbres, leyes y estructuras morales propias. La Biblia no se escribió en un laboratorio ético del siglo XXI, sino en un entorno antiguo, con naciones en guerra, cultos violentos y una religiosidad profundamente pagana. Juzgarla sin comprender ese contexto es como evaluar las normas de tránsito de la antigua Roma con las reglas de circulación actuales.
En segundo lugar, los cananeos, lejos de ser un pueblo inocente, eran una sociedad sumergida en actos de vileza que no solo serían condenados en la actualidad, sino que incluso en su propio tiempo se consideraban moralmente repugnantes. Su religión estaba marcada por el sacrificio humano: quemaban bebés y niños pequeños en honor a Moloc, una de sus deidades más temidas. Los arqueólogos han hallado urnas con restos calcinados de infantes, evidencia de un culto donde el llanto de los niños era considerado una ofrenda aceptable para apaciguar a sus dioses.
En el terreno sexual, la corrupción alcanzaba niveles espeluznantes. Las prácticas de bestialismo y la promiscuidad ritual formaban parte del culto religioso; hombres y mujeres se unían con animales en ceremonias paganas y orgías públicas. Había casos en que un hombre tenía relaciones tanto con la madre como con la hija, rompiendo los lazos familiares y pervirtiendo el concepto de matrimonio. La idolatría se mezclaba con inmoralidad, y la degradación se celebraba como espiritualidad.
La lista de aberraciones podría continuar: sacrificios, prostitución sagrada, magia, adivinación y violencia extrema. En resumen, el juicio divino sobre los cananeos nunca fue un castigo contra inocentes, sino una respuesta a una corrupción tan profunda que ya amenazaba con contaminar a otras naciones. Dios no destruyó una cultura virtuosa, sino una civilización que había agotado toda posibilidad de redención.
La orden de destruir a los cananeos: un mandato específico, no universal.
La orden de eliminar a los cananeos fue un mandato ocasional, no una regla general. Fue una instrucción específica dada a Israel en un momento determinado de su historia teocrática, con un propósito concreto dentro del plan divino. Dios no autoriza a ninguna otra nación, ni entonces ni ahora, a aplicar ese tipo de castigo. Era una excepción, no un modelo.
El Antiguo Testamento muestra que Israel fue escogido por Dios para cumplir un propósito redentor: preservar la línea mesiánica y mantener la pureza espiritual en una época donde la idolatría se asociaba con sacrificios humanos, prostitución ritual y violencia religiosa. Las culturas cananeas no eran simples pueblos “pacíficos” invadidos por sorpresa; eran sociedades profundamente corrompidas que practicaban abominaciones como el sacrificio de niños al dios Moloc (Levítico 18:21). Si hoy nos estremecemos ante la violencia moderna, deberíamos imaginar lo que era vivir en un entorno donde matar infantes era parte del culto religioso y totalmente normal para los cananeos.
Los cananeos no cometieron errores ocasionales.
El relato bíblico no presenta a los cananeos como pueblos que durante siglos se rebelaron contra Dios. Génesis 15:16 muestra que Dios esperó más de 400 años antes de ejecutar juicio: “Porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.” Este versículo revela algo profundo: Dios no actúa con prisa, sino con paciencia. Dio tiempo para el arrepentimiento, pero los pueblos persistieron en su maldad. El juicio divino, entonces, no fue un arranque repentino de furia, sino la consecuencia final de una corrupción prolongada.
El principio moral y el derecho divino.
El filósofo Raymond Bradley propuso un “principio moral crucial”: es inmoral matar deliberadamente a hombres, mujeres y niños inocentes. Nadie negaría eso. Pero la cuestión aquí no es si el asesinato es malo, sino si las personas juzgadas eran inocentes y si el que juzga tiene autoridad moral para hacerlo.
Si Dios es el Creador y dueño de toda vida, Él tiene el derecho de determinar cuándo la vida debe terminar, del mismo modo que un juez humano tiene autoridad para dictar sentencia sobre un criminal. No porque disfrute el castigo, sino porque su función es preservar la justicia. El mismo argumento lo aplica la Biblia: Dios no nos ordena hacer lo que Él hizo; solo muestra que en ciertos momentos de la historia actuó como Juez soberano.
Un ejemplo moderno puede ayudarnos: si un cirujano corta una parte del cuerpo enfermo, nadie lo llama “asesino”, ni siquiera, aunque la persona no se le pueda salvar la vida. Su acción, aunque dolorosa, es justa porque busca salvar la vida del paciente. De modo similar, los juicios de Dios sobre los cananeos fueron una cirugía moral para preservar la historia de redención.
Objeciones modernas y respuestas.
Algunos críticos modernos afirman que estos relatos son simples justificaciones escritas por los vencedores. Sin embargo, ese argumento es circular: parte del supuesto de que la Biblia es falsa porque narra la victoria de Israel, y luego usa esa sospecha para concluir que el texto es falso. Es como decir: “No creo en la historia porque la escribió el historiador”.
Además, si se elimina a Dios del relato, toda la historia pierde sentido. Evaluar estos textos sin la figura de un Dios santo y justo es como intentar entender El Señor de los Anillos sin Gandalf: la trama queda vacía. La narrativa bíblica depende de la presencia de un Dios que habla, guía, juzga y redime. Sin Él, lo que queda es un fragmento histórico sin alma.
Conclusión.
Los pasajes del Antiguo Testamento donde Dios ordena la destrucción de pueblos enteros no deben leerse como actos de crueldad arbitraria, sino como juicios justos en una época donde la maldad se había multiplicado sin medida. No eran naciones inocentes, ni se trató de una conquista caprichosa. Dios actuó como un juez que, después de siglos de advertencias, ejecuta una sentencia inevitable.
¿Quién de nosotros, en la actualidad, juzgaría a las naciones aliadas que entraron en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, sabiendo que en medio del conflicto murieron civiles inocentes, pero que el objetivo era detener a un dictador que había llevado al mundo al borde de la destrucción? Nadie pensaría que los aliados eran “sanguinarios” por enfrentar el mal, sino que comprendemos que su propósito era mayor: restaurar la justicia y frenar la expansión de un poder corrupto.
De igual manera, los juicios divinos del Antiguo Testamento no fueron ataques irracionales, sino medidas extremas para detener una corrupción moral y espiritual que amenazaba con destruir la humanidad misma. La justicia de Dios, aunque dura, siempre tiene un propósito redentor y una enseñanza moral detrás.
La justicia divina, vista fuera de contexto, puede parecer dura. Pero dentro de la historia redentora, revela un Dios que no tolera el mal indefinidamente, y que aun en medio del juicio prepara el camino para la misericordia. La misma tierra donde una vez cayó el juicio de Dios, siglos después fue el escenario donde Jesucristo derramó su sangre para ofrecer salvación a todos, incluso a los descendientes de aquellos pueblos antiguos.
En eso se resume el mensaje: el Dios que juzga justamente también es el Dios que da la oportunidad de ser redimidos.
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