¿Y si el ateo tiene más ética que el creyente?

Ricky Gervais es un comediante británico: humorista, escritor, guionista, director y actor. Se hizo mundialmente famoso por proyectos como The Office y por su presencia constante en cine y televisión. Pero lo que hoy nos interesa no es su filmografía, sino su postura religiosa. Gervais es un ateo declarado. Lo dice sin rodeos y con su estilo mordaz: para él, Dios simplemente no entra en la ecuación. Y aun así —aquí es donde a muchos se les hace un nudo en la garganta— es difícil negarlo: en términos humanos, Gervais suele verse como alguien con rasgos de nobleza. Ha defendido causas que mucha gente considera buenas, se ha vuelto un rostro fuerte en la protección de los animales y, de hecho, se reportó que canalizó millones de libras de su gira hacia decenas de organizaciones de rescate y bienestar animal.

Antes esto, aparece una pregunta que pareciera inclinar la balanza del ateísmo a su favor ¿Cómo es posible que alguien sin Biblia, sin iglesia, sin devocional, sin “gloria a Dios” en la boca, pueda hacer tanto bien a los demás con tal sinceridad?

Para muchos, en cuestión del bien y del mal analizado desde la religión, esto ya es “caso cerrado”: prueba definitiva —dicen— de que no se necesita a Dios para que alguien sea una buena persona. Y con eso sienten que ganaron el debate. Pero se están apresurando, ya que, el problema no es si alguien puede portarse bien; el problema es ¿de dónde viene el “deber” que le da peso y autoridad a eso que llamamos “bien”? Para muchos, ser buena persona es prueba definitiva de algo: “¿Ves? No se necesita a Dios para hacer cosas buenas.” Y lo dicen como conclusión final, como quien cierra el caso y guarda el expediente. Porque si un hombre sin religión puede ser generoso, compasivo, y hasta más altruista que varios que cantan alabanzas… entonces —dicen— el cristianismo es moralmente innecesario. Pero aquí es donde conviene detenernos un momento y pensar con cuidado… atentos a lo siguiente:  la discusión no es si un ateo puede portarse bien. Claro que puede. La discusión de fondo es otra: ¿de dónde sale el “deber” que convierte una buena acción en una obligación moral? ¿De dónde sale esa voz interior que no solo nos sugiere “sería bonito”, sino que a veces nos acusa: “debiste hacer lo correcto”? ¿Por qué llamamos “bueno” a algo, y por qué creemos que debería ser así incluso cuando no nos conviene?

Porque una cosa es que alguien haga el bien —y lo celebro—, y otra muy distinta es explicar por qué el bien existe como categoría objetiva, y por qué nos obliga, no solo nos inspira. Y justamente ahí, en esa grieta entre conducta y fundamento, es donde está la esencia y respuesta de conductas buenas ya sea de ateos o cristianos.

Claro que un ateo puede hacer el bien. De hecho, cualquiera que sea honesto lo tiene que reconocer: hay personas sin fe que son puntuales, generosas, respetuosas, leales, trabajadoras, y con una brújula moral que parece más firme que la de muchos “hermanos” de banca dominical. Negarlo sería injusto… y además sería torpe, porque el lector lo sabe: lo ha visto en su familia, en su trabajo, en su colonia. Pero aquí viene la diferencia que casi todos ignoran: una cosa es practicar una buena moral, y otra cosa es justificar la moral. Una cosa es decir: “Yo hago el bien”. Y otra, mucho más profunda, es responder: “¿Por qué el bien debería obligar a cualquiera —incluso cuando no conviene—?”

Porque si el bien es solo un gusto personal (“a mí me gusta ser así”), entonces no es moral: es preferencia. Y si el bien es solo un acuerdo social (“así nos enseñaron aquí”), entonces no es universal: es costumbre. Y si el bien es solo una estrategia de supervivencia (“ser bueno me conviene”), entonces no es virtud: es cálculo. Déjame bajarlo a un nivel más sencillo con ejemplos de diario. Si alguien te dice: “No hay moral objetiva; todo depende”, pero se indigna cuando le roban el celular, y dice: ¡Quien lo haya hecho estuvo mal! ahí se nota que en el fondo cree que hay cosas que están mal, no solo “cosas que no le gustan”. Si un patrón paga lo mínimo posible “porque así es el mercado”, y el empleado se siente explotado, el empleado no está diciendo “me cae mal el mercado”: está diciendo “esto es injusto”. Si alguien se mete hasta adelante a la fila del banco “porque trae prisa”, y tú le reclamas, tu reclamo no es biológico ni cultural: es moral. Tú estás diciendo: “no debiste”. Y ese “no debiste” es el corazón del asunto. Porque ahí no hablamos de gustos; hablamos de obligación.

Un filósofo ateo que muchas veces a arruinado el atajo a los que quieren sacar moral sólida de puro ateísmo es David Hume. Hume observó algo muy sencillo: en discusiones morales, mucha gente empieza describiendo hechos y termina, sin justificar el salto, dando mandamientos. Es decir, pasan del “así son las cosas” al “así deben ser” como si fuera lo mismo. Ejemplos:

“La gente miente” → “entonces mentir es normal”.

“El fuerte domina al débil” → “entonces así funciona la vida”.

“La mayoría lo hace” → “entonces no está mal”.

Hume diría: cuidado. Del “es” no se sigue automáticamente el “debe”. Que algo ocurra en la naturaleza, o que sea común en una sociedad, no lo convierte en correcto. Si no, estaríamos justificando cualquier barbaridad solo porque “así pasa”.

Y aquí es donde el ateísmo tropieza si no se pone serio: si quitas a Dios y dices que la moral se explica solo por biología y cultura, entonces la moral queda reducida a esto: lo que somos (instintos, evolución), y lo que acordamos (normas, leyes, costumbres). Pero ninguna de esas dos cosas, por sí sola, fabrica obligación moral real. Describen conductas, sí; explican patrones, sí; pero no producen el peso del “deber” como autoridad.

Entonces, vuelvo al punto con el que arrancamos: Ricky Gervais puede hacer el bien —y qué bueno—. El cristianismo no necesita negarlo para defender su postura. Pero la pregunta que nos interesa responder es esta: ¿por qué ese bien es “bien” de verdad, y no solo una preferencia, una costumbre o una estrategia? ¿Quién o qué le da al “deber” esa fuerza que nos persigue incluso cuando nadie nos ve?

Muchos ateos dirían algo así: “La moral viene de la evolución. La cooperación ayudó a sobrevivir. La empatía tiene bases neuronales. Somos animales sociales. Por eso sentimos culpa, compasión, indignación”. Y, ojo, en parte tienen razón: hay componentes biológicos reales. El ser humano no es una hoja en blanco. Pero aquí está el detalle: explicar el origen de un comportamiento no es lo mismo que justificarlo como deber moral. La biología puede explicar por qué sentimos ciertas cosas, o por qué ciertas conductas se repiten. Puede describir el “cómo”. Pero cuando tú dices: “deberías hacer lo correcto”, ya no estás describiendo; estás mandando. Estás afirmando que existe una norma que obliga incluso cuando mi instinto, mi beneficio o mi comodidad van por otro lado. Obsérvalo en la vida diaria:

Si tu instinto te empuja a cuidarte a ti antes que, al otro, ¿por qué deberías ayudar al otro cuando te cuesta? Si tu cerebro busca evitar dolor, ¿por qué deberías decir la verdad si la verdad te mete en problemas? Si “sobrevive el más apto”, ¿por qué el fuerte debería frenar su ventaja para no abusar del débil?

La biología puede decir “así reaccionamos”. Pero el “debes” es otra cosa. Si lo reduces todo a biología, la ética se vuelve frágil, porque se transforma en impulso o conveniencia. Y eso, en el fondo, es más cercano a una estrategia que a una virtud.

En pocas palabras: la biología te puede explicar por qué existe empatía… pero no te puede decir por qué estás moralmente obligado a obedecerla cuando no te conviene.

Es útil para convivir… pero insuficiente para fundamentar.

La segunda salida atea es cultural: “La moral es un acuerdo social. Las normas se construyen con el tiempo. Lo bueno es lo que ayuda a vivir en paz. Lo malo es lo que rompe la convivencia”. —No— Es claro que la sociedad influye. Nadie nace sabiendo hacer fila o respetar un semáforo. Pero aquí aparece un problema enorme: si la moral es solo cultura, entonces cambia con la cultura. Y si cambia con la cultura, deja de ser una medida universal.  Ejemplos muy sencillos: Hubo épocas donde era “normal” comprar y vender personas. La cultura lo aceptaba. ¿Entonces era bueno?

Hubo sociedades donde la mujer valía menos, o donde el niño era descartable. ¿Entonces era correcto? Incluso hoy, lo que para una generación es “intocable”, para otra es “exageración”. Lo que ayer era vergüenza, la homosexualidad, hoy es orgullo. Lo que ayer era delito, hoy es derecho (y al revés).

Y aquí surge la pregunta que no perdona: Si mañana la mayoría vota por una injusticia, ¿se vuelve justa por ser mayoría? Porque si la moral es solo consenso, entonces “bueno” significa “popular”. Y eso ya no es ética: es estadística. Es “lo que la gente aprueba”. Pero tú y yo sabemos que la mayoría puede aprobar atrocidades. La historia lo demuestra. Lo único que tenemos que hacer es recordar a la Alemania Nazi.

Así que, sí: la cultura ayuda a organizar la vida social. Pero como fundamento último, tiene un defecto fatal: no puede explicar por qué algo es malo, aunque todos lo aplaudan.

Todos vivimos como si existieran deberes reales.

Aquí está lo interesante: incluso quienes dicen “la moral es relativa”, viven como si no lo fuera. Porque en cuanto alguien los traiciona, los estafa, los humilla, les roba, o les hace daño… no reaccionan como quien dice “ah, es tu cultura”. Reaccionan como quien dice: “Eso está mal.” Y no lo dicen como opinión, lo dicen como sentencia moral. Esto revela algo: en nuestra experiencia cotidiana, la moral no se siente como “una sugerencia”, sino como una realidad que pesa. A veces pesa tanto que te quita el sueño. Te acusa. Te empuja a pedir perdón. Te obliga a reparar.

Y eso nos regresa al asunto del “deber”: Si el deber es solo biología: ¿por qué debería imponerse al instinto cuando el instinto gana? Si el deber es solo cultura: ¿por qué debería imponerse a la mayoría cuando la mayoría aplaude lo malo? Cuando la moral es fuerte, la moral se te para enfrente y te dice: “aunque todos lo hagan, aunque te convenga, aunque nadie te vea… no debiste.” Esa es una voz con autoridad. Y la pregunta es: ¿de dónde viene?

Lo que hace es exponer el problema del fundamento.

Entonces volvemos a Ricky Gervais. Sí: él puede hacer el bien sin Dios. Sí: puede ser más ético que muchos creyentes. Y sí: eso deja en ridículo a cristianos incongruentes (y con razón). Pero eso no demuestra que Dios sea innecesario. Ni muchos, que Dios no exista. Lo que demuestra es otra cosa: Que la gente puede actuar moralmente aun sin creer en Dios, leer la Biblia o asistir a la iglesia.  Pero no explica por qué la moral obliga como obliga.

Una cosa es tener moralidad; otra cosa es tener un fundamento para la moralidad. Y si Dios no existe, el deber moral queda colgando en el aire: útil, deseable, pero filosóficamente sin piso firme.

Ahora bien, aquí conviene detenerse un momento y mirar con honestidad lo que ya vimos. El ateísmo puede describir conductas —puede decirnos que la cooperación ayuda a sobrevivir, que la empatía tiene bases biológicas, o que las sociedades crean reglas para convivir—, pero cuando llega el punto decisivo, tropieza: no logra explicar porque todo esto en la práctica es una obligación moral real. Puede explicar por qué a veces nos conviene ser buenos, o por qué nos educaron para serlo, pero no puede explicar por qué, incluso cuando no conviene, incluso cuando nadie nos ve, seguimos sintiendo ese peso interior que dice: “debiste hacer lo correcto”.

Y esto nos lleva a una deducción que no nace de la predicación, sino de la lógica: aunque los ateos puedan hacer el bien —y lo hacen—, su cosmovisión no puede explicar satisfactoriamente el fundamento del bien ni la forma en que opera como deber objetivo. Por eso, si queremos ser coherentes al hablar del bien, del deber, de la culpa, de la justicia y de la dignidad humana —no como gustos, sino como realidades con autoridad—, entonces el fundamento más plausible no está en la química, ni en la moda cultural, ni en el consenso social, sino en algo superior a nosotros: la existencia de Dios, como Legislador moral y fuente última de aquello que llamamos “bien”.

Suscríbete a nuestro boletín informativo

Mantente al tanto de las últimas noticias, eventos y recursos. Cada semana recibirás en tu bandeja de entrada artículos, frases y capsulas del Apologista Víctor M. Banda que te inspirarán a profundizar en tu fe y pensamiento cristiano.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.


Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!