La pregunta que no desaparece… aunque el mundo lo intente.

¿No se suponía que la religión desaparecería con la modernidad?.

Durante décadas, los grandes pensadores de Occidente concordaban en la siguiente premisa: a mayor ciencia, menor fe. A mayor educación, menor religión. A más modernidad, menos necesidad de Dios. Incluso John Lennon, ícono cultural de los años 60 y portavoz de toda una generación, lo dijo sin reservas en 1966:

“El cristianismo va a desaparecer. Se desvanecerá y se reducirá. No necesito discutirlo; tengo razón, y el tiempo lo demostrará.”
John Lennon
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Aquellas palabras —pronunciadas durante una entrevista con la periodista Maureen Cleave para el London Evening Standard— no fueron una simple observación: fueron una profecía secular que se convirtió en escándalo mundial. Especialmente en Estados Unidos, donde sus declaraciones provocaron protestas…

quema masiva de discos de los Beatles, y llamados a boicot. Lennon incluso se atrevió a decir que “los Beatles eran más populares que Jesucristo”, una comparación que desató ira entre cristianos y euforia entre los defensores de una era libre de religión.

No era una postura improvisada: Lennon había abrazado una visión del mundo progresivamente más secular, influido por filosofías orientales, humanismo y un fuerte rechazo hacia la religión organizada, a la que consideraba hipócrita y represiva. Su canción «Imagine» —considerada por muchos como un himno ateo disfrazado de paz— lo dice sin rodeos: “Imaginen que no hay cielo… ni infierno… y ninguna religión también.”

Con esas frases, Lennon no solo expresaba su incredulidad: encarnaba el sueño de una humanidad sin Dios, sin fe y sin iglesias. Y lo más sorprendente es que millones estuvieron de acuerdo con él. Era el siglo del desengaño religioso, de las guerras en nombre de Dios, del ascenso de la ciencia como nueva autoridad absoluta. ¿Quién necesitaba a Jesús cuando tenían a Einstein, a Darwin y a Freud? — Pero algo no salió como esperaban.

Los datos hicieron trizas la predicción de Lennon y de otros ateos. Según el Pew Research Center, el mundo no solo no está abandonando la religión: la está abrazando con más fuerza. En China, África, América Latina y hasta en sectores específicos de Estados Unidos y Europa, la fe —especialmente la cristiana— se está posicionando ampliamente. Y no solo entre personas sin estudios. Filósofos, médicos, científicos, artistas y activistas han comenzado a admitir que la cosmovisión secular tiene fisuras. Que no basta. Que no llena. Y que las enseñanzas cristianas responden razonablemente a preguntas que otras cosmovisiones no pueden.

Si la modernidad con sus avances tecnológicos debió desplazar la fe ¿Entonces… por qué todavía creemos en lo espiritual? ¿Qué sentido tiene seguir hablando de religión en un mundo que, en teoría, ha avanzado más que nunca? Tal vez porque, aunque avanzamos en ciencia, seguimos fracasando en comprender y explicar temas tan vitales como el sentido de la vida. Y por más tecnología que tengamos, no hemos podido fabricar una pastilla que calme la angustia de la muerte, ni un algoritmo que nos enseñe a darle significado a nuestra existencia.

En este artículo no hablaremos de ángeles, milagros ni apariciones. Solo haremos algo más sencillo (e incómodo para muchos): plantear la posibilidad de que el ser humano fue diseñado para creer en lo sobrenatural. Y que rechazar esa necesidad… podría ser más irracional de lo que parece.

Derrumbando el mito de la secularización inevitable.

Durante mucho tiempo, se creyó —y se enseñó como verdad casi absoluta— que entre más avanzada fuera una sociedad, menos religiosa sería. El progreso científico, la expansión universitaria, el acceso a la información y el desarrollo tecnológico parecían amenazar la fe cristiana. Ya que muchos ateos académicos así se lo hicieron creer a sus seguidores. Y por un tiempo, el pronóstico de que, entre más culta se vuelva una persona, menos religiosa será, parecía que se estaba cumpliendo: iglesias vacías en Europa, generaciones jóvenes cada vez más alejadas de toda práctica espiritual, y encuestas donde los “no afiliados a la religión” aumentaban.

Pero algo falló en la predicción.

Pero sucede que, en abril de 2015, el Pew Research Center publicó un estudio demoledor para los defensores del ateísmo progresivo. El título lo decía todo: “El mundo será más religioso, no menos” (The Future of World Religions: Population Growth Projections, 2010–2050). Aunque en países como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido crecen los que se identifican como “no afiliados” (nones), la religión no está desapareciendo… se está reubicando, reproduciendo y reorganizando. Y los números lo respaldan.

En África subsahariana, por ejemplo, el número de cristianos pasó de 9% en 1910 a más del 50% en 2020. Solo en Nigeria, hoy existen más anglicanos practicantes que en toda Inglaterra. En Etiopía y Ghana, las iglesias pentecostales están creciendo a doble dígito anual.

En América Latina, aunque el catolicismo ha disminuido, el vacío no lo llenó el ateísmo, sino las iglesias evangélicas. En países como Guatemala, Honduras y Brasil, las iglesias pentecostales y carismáticas (como Asamblea de Dios, Iglesia Universal del Reino de Dios y Misión Mundial Evangélica) han experimentado un crecimiento explosivo. En Brasil, el porcentaje de evangélicos aumentó de 6% en 1980 a casi 32% en 2020.

En China, a pesar del control estatal, el cristianismo crece de forma subterránea. Se estima que hay más de 100 millones de cristianos (entre iglesias oficiales y casas clandestinas), y según estudios como los del Center for the Study of Global Christianity, China podría tener más cristianos que Estados Unidos para 2030.

El Islam también crece, especialmente por natalidad. En 2050, los musulmanes podrían igualar en número a los cristianos globalmente. Países como Indonesia, India y Nigeria concentran el mayor crecimiento.

Y lo más sorprendente: dentro de las mismas sociedades occidentales, no son los seculares ilustrados los que están creciendo, sino los creyentes convencidos. En Estados Unidos, las denominaciones que más crecen no son las liberales o progresistas, sino las de convicciones doctrinales fuertes: bautistas conservadores, iglesias reformadas, pentecostales, carismáticos no denominacionales y adventistas. Según Pew, los cristianos evangélicos han mantenido —e incluso aumentado— su proporción entre quienes practican su fe activamente, mientras que las denominaciones “light” están perdiendo miembros de forma acelerada.

La religión no está muriendo. Está migrando, renaciendo y fortaleciéndose donde menos se esperaba.

Porque necesitamos una religión.

El mito de la secularización se construyó sobre una suposición falsa: que la religión es solo el resultado de la ignorancia, un parche emocional para los que no entienden ciencia. Pero esa idea ya no se sostiene. La evidencia apunta en otra dirección. El crecimiento de la fe no solo se mantiene, sino que lo protagonizan personas con estudios, con carreras, con gran intelecto. Universitarios, médicos, sociólogos, juristas y pensadores modernos están regresando a Dios no por desesperación, sino por convicción racional. Incluso el renombrado filósofo alemán Jürgen Habermas, quien por décadas defendió la razón secular como único árbitro del debate público, tuvo que admitirlo:

“La razón secular no puede sostener por sí sola los valores que requiere una sociedad libre. Necesitamos las raíces morales de la tradición judeocristiana.”

El relato de la desaparición de la fe no solo es apresurado: es ingenuo. La religión no se está muriendo. Está mutando. Está despertando. Está respondiendo. Y lo que muchos consideraban una reliquia del pasado, hoy vuelve a escena como una necesidad para el futuro.

Lo que le falta a la razón secular.

La ciencia ha logrado maravillas. Ha alargado la esperanza de vida, ha llevado al ser humano al espacio y ha multiplicado el conocimiento como nunca antes. Pero incluso sus mayores defensores han comenzado a admitir que la razón, por sí sola, no puede responder las preguntas más importantes de la vida.

¿De dónde provienen la dignidad humana, el amor, el perdón o la moral?

¿Quién define lo que está bien y lo que está mal?

¿Con qué autoridad se puede llamar “malvado” a un genocida o “noble” a un mártir… si todo es producto de evolución química?

El filósofo alemán Jürgen Habermas, defensor histórico de la Ilustración y del pensamiento racional secular, sorprendió al mundo al afirmar que la razón científica no puede sostener por sí sola los valores de una sociedad libre. En sus propias palabras:

“Los ideales de libertad, conciencia moral, derechos humanos y democracia son el legado directo de la ética judía de la justicia y de la ética cristiana del amor. Hasta hoy, no existe ninguna alternativa a este legado.”

Y no es solo teoría. La historia lo ha confirmado con dureza. A principios del siglo XX, muchos intelectuales creían que el futuro sería más pacífico gracias a la ciencia y la razón. Pero el siglo XX se convirtió en el más sangriento de la historia humana.

Fue el siglo de los campos de concentración, la eugenesia científica, la limpieza étnica justificada con biología evolutiva, y la guerra atómica construida por matemáticos brillantes.

En 1926, el profesor John Scopes fue llevado a juicio en Tennessee por enseñar evolución. Lo que pocos recuerdan es que el libro de texto que usaba —Civic Biology, de George Hunter— también defendía la esterilización de personas “genéticamente inferiores”, por el supuesto bien de la sociedad. No era pseudociencia: era la ciencia del momento. Las matemáticas, la biología y la economía se combinaron para justificar el exterminio de los más débiles… y solo los horrores de la Segunda Guerra Mundial lograron frenar ese discurso.

La ciencia puede explicar cómo se fabrica una bomba. Pero no puede explicar por qué no deberíamos usarla. La psicología puede describir cómo sentimos culpa… pero no puede convencernos de que pidamos perdón. La biología puede decirnos qué regiones del cerebro se activan cuando amamos… pero no puede enseñar a amar. La neurociencia puede mapear los recuerdos… pero no puede dar sentido a una vida rota.

La secularización ha prometido mucho, pero sigue fallando en responder las preguntas más humanas. Incluso Paul Kalanithi, neurocirujano brillante de Stanford, formado en las mejores universidades, regresó a la fe cristiana al enfrentar la muerte. En su libro When Breath Becomes Air, escribió:

“La ciencia es excelente para explicar el universo físico, pero totalmente inservible para dar sentido al amor, la belleza, el perdón o la esperanza. Justo las cosas por las que vale la pena vivir.”

Por eso, cuando muchos pensadores modernos dicen que la religión es una muleta para el débil, lo que en realidad están ignorando es que la razón secular también cojea. No puede sostener sola el edificio de la vida humana. Puede construir puentes, pero no puede explicar por qué vale la pena cruzarlos.

La intuición de lo trascendente.

Hay preguntas que no nacen del razonamiento lógico ni de la lectura de libros. Aparecen solas. Te despiertan a mitad de la noche. ¿Y si hay algo más? ¿Y si no termina todo cuando morimos? ¿Y si no somos solo química y polvo? Esta intuición —la sensación de que la vida debe tener un sentido más profundo— ha perseguido incluso a los más escépticos. El escritor y crítico literario James Wood, ateo declarado y profesor en Harvard, relató el testimonio de una amiga filósofa (también atea) que a veces despertaba angustiada preguntándose: “¿Cómo puede ser que este mundo sea el resultado de una gran explosión accidental? ¿Puede ser que mi vida, la de mi esposo y mi hijo… no signifiquen nada a nivel cósmico?” No se trata de argumentación: se trata de una punzada en el alma.

Incluso el gigante tecnológico Steve Jobs, antes de morir, reconoció que sentía que “algo debía sobrevivir después de la muerte”. Le parecía demasiado brutal que todo lo vivido se apagara como un simple interruptor. Y aunque nunca se declaró cristiano, dejó claro que su corazón no podía aceptar del todo la idea de la extinción total. Algo parecido dijo la periodista Lisa Chase, tras la muerte de su esposo. Su hijo, llorando, le confesó: “Me gustaría vivir en un mundo mágico… donde la ciencia no fuera la respuesta para todo.”

En ese tipo de momentos, la lógica no basta. Porque hay dolores, amores y despedidas que no caben en una fórmula matemática. Y la pregunta vuelve a surgir, como un susurro silencioso: ¿Esto que vemos y tocamos es todo lo que hay?

El escritor Julian Barnes, agnóstico, escribió con honestidad que cada vez que escucha el Réquiem de Mozart —una obra compuesta desde la fe cristiana para preparar el alma ante la muerte—, algo dentro de él se estremece. Y reconoce: “Lo inquietante es pensar: ¿Y si el Réquiem fuera verdad?”

Porque eso es lo que pasa con la intuición de lo trascendente: no se prueba en laboratorio, pero se siente. En la música. En el arte. En un abrazo antes de morir. En una oración que nadie oye. En la sensación de que no estamos tan solos como creemos. El filósofo cristiano Charles Taylor lo llama “la experiencia de la plenitud”: momentos donde el mundo parece cargado de propósito y belleza, como si se abriera una rendija en la realidad. Y aunque no todos saben explicarlo, muchos lo han sentido. Algunos lo ignoran. Otros lo niegan. Pero hay quienes, como Agustín de Hipona, decidieron seguir esa pista hasta encontrar una Presencia:

“Nos hiciste, Señor, para ti… y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”

Experiencias que superan toda explicación.

No todo lo espiritual ocurre en catedrales. A veces, Dios toca la puerta en medio de una celda, en una iglesia vacía o parado frente a un árbol. No porque lo hayamos buscado, sino porque —de pronto— lo sentimos cerca. El historiador de arte británico Lord Kenneth Clark, productor de la famosa serie Civilization para la BBC, vivió una de esas experiencias. En una villa en Francia, entró a una iglesia sin expectativas. Pero lo que sucedió allí lo desarmó: “Por unos minutos, todo mi ser desbordaba una dicha celestial, mucho más intensa que cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes. Sentí el dedo de Dios… y aunque no hice nada para retenerlo, aún recuerdo ese momento.” No era creyente. No se convirtió. No escribió un libro de teología. Solo admitió lo que vivió. Y eso bastó para dejar una huella.

Otro caso impresionante es el del disidente checo Václav Havel. Estando en prisión, observando la copa de un árbol, fue invadido por una sensación inexplicable de eternidad, de paz absoluta, de estar “al borde del infinito”. No era una idea. Era una experiencia de Presencia. Como si el cielo se hubiera abierto un instante, justo ahí, en medio de la represión y el encierro. Estos momentos no solo les ocurren a creyentes. La escritora atea Barbara Ehrenreich, famosa por sus posturas críticas hacia la religión, relató en sus memorias (Living with a Wild God) una experiencia mística que vivió a los 17 años, mientras caminaba sola antes del amanecer: “No fue una visión. No fue una voz. Fue un fuego abrasador por todas partes… una sustancia viva que me atravesó. Era algo salvaje, incondicionado, peligroso. No lo entendí, pero era real.” Lo más notable es que, pese a su ateísmo, no pudo negar lo vivido. Y aunque decidió seguir sin creer “en el Dios de las religiones organizadas”, su mundo ya no volvió a ser igual. Su sistema cerrado de ideas había sido interrumpido por algo que no encajaba en ninguna fórmula. Su estructura racional hizo cortocircuito.

Y eso es exactamente lo que sucede cuando la experiencia supera la explicación. Cuando lo divino no toca a la puerta con argumentos, sino con una sacudida al alma. Como cuando Agustín de Hipona vio apenas un destello de la gloria de Dios y lo describió como “un temblor dulce y temible que me partió en dos”. O como cuando Moisés, temblando frente a la zarza, solo escuchó una frase: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). No siempre entendemos lo que pasa. Pero sabemos que pasó. Y esa certeza, tan profunda y tan personal, es más fuerte que cualquier escepticismo que podamos construir desde fuera.

El cristianismo como respuesta razonable.

No basta con tener experiencias profundas. También necesitamos interpretarlas. Porque si hay belleza, si hay sentido, si hay algo “más allá” … entonces debe haber una explicación coherente que lo abrace todo sin romperse. Eso es, precisamente, lo que ofrece el cristianismo. Mientras otras cosmovisiones ofrecen fragmentos —una moral sin fundamento, una espiritualidad sin persona divina, una paz interior sin verdad objetiva—, la fe cristiana construye un edificio completo, que responde racional y existencialmente a las grandes preguntas del alma:

¿Por qué existe el bien y el mal? ¿Por qué amamos y sentimos culpa? ¿Por qué intuimos eternidad? ¿Por qué anhelamos perdón? ¿Por qué lloramos en los funerales si “solo somos química”?

El cristianismo no solo afirma que hay un Dios… afirma que ese Dios se reveló, nos buscó y se acercó. Y por eso, conceptos que parecen vagos en otras filosofías —como redención, propósito o dignidad— tienen rostro y sustancia en el mensaje de Jesús.

Cuando el neurocirujano Paul Kalanithi enfrentó su diagnóstico terminal, dejó claro que no se volvió cristiano por necesidad emocional. Su decisión no fue una muleta espiritual, sino una conclusión lógica: “Si la ciencia no puede dar sentido al amor, la virtud, la belleza o el perdón… entonces no basta. Y si lo que no se puede probar es automáticamente irreal, entonces también debo descartar el amor que siento por mi esposa. Pero yo sé que ese amor es real. Por eso, volví a creer.”

Muchos llegan a la fe así: no porque estén rotos, sino porque están pensando. Y se dan cuenta de que las verdades centrales del cristianismo —la creación con propósito, la caída del ser humano, la necesidad de redención, el sacrificio de Cristo, el perdón, la esperanza de vida eterna— no son mitos ni poesía: son piezas que encajan con lo que el corazón siente y la razón confirma.

Incluso filósofos como Alvin Plantinga, Charles Taylor o William Lane Craig han defendido con solidez que la creencia en Dios es racional, lógica y compatible con la ciencia. No es un salto al vacío. Es un paso hacia la luz. Porque el cristianismo no nos pide apagar la mente. Nos pide usarla para mirar más allá. Y una vez que lo hacemos… todo encaja.

Porque seguir creyendo… no es un error, es un acto de lucidez.

Nos prometieron que la religión desaparecería. Que bastaría con más universidades, más acceso a la ciencia y más redes sociales para que Dios quedara archivado como un mito antiguo. Pero ocurrió algo inesperado: el alma humana no obedeció las predicciones. La fe no se extinguió. Se desplazó, se transformó, se encendió en nuevas tierras… y en corazones que, incluso entre algoritmos y satélites, siguen sintiendo que hay algo más.

No, no creemos porque seamos ignorantes. No oramos porque temamos a la oscuridad. No adoramos porque necesitemos una muleta emocional. Creemos porque mirar la vida de frente sin Dios… no tiene sentido. Porque si todo es polvo de estrellas, ¿por qué lloramos por amor? Si la conciencia es un accidente químico,

¿por qué luchamos por la justicia? Si todo se acaba en la tumba, ¿por qué anhelamos eternidad?

Hay algo en nosotros que no muere, aunque todo a nuestro alrededor se derrumbe.

Y ese algo es la señal. El eco. La huella de Aquel que nos pensó antes de que existiéramos. Por eso, seguir hablando de religión no es retroceder. Es avanzar hacia lo eterno. Y no cualquier religión: hablamos de una fe que no teme a las preguntas, que responde con razón, que abraza con verdad, y que transforma desde lo más profundo. Una fe que no se inventó en un laboratorio ni nació de una leyenda. Sino una fe que lleva dos mil años levantando muertos, restaurando almas, y dando sentido a lo inexplicable.

El rabino Jonathan Sacks lo dijo sin titubear: “El siglo XXI será más religioso que el siglo XX.” Y si eso es cierto, vale la pena detenerse y preguntar: ¿Estoy listo para creer… no porque lo necesite, sino porque es lo más razonable?

Quizás vale la pena creer, como decía San Agustín: “Nuestro corazón está inquieto… hasta que descanse en Ti.”.

 

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