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JessMuertoenlaCruzjesuschristSe ha vertido mucha tinta sobre la responsabilidad histórica de la muerte de Jesús. Este artículo no pretende clarificar absolutamente las preguntas que surgen, tanto del lado histórico como del teológico, sobre quién es culpable de la muerte de Jesús. Mi reflexión es una interpretación general de determinados textos del Nuevo Testamento, como así del Antiguo o Viejo Testamento.

Una lectura, aunque sea superficial, de los textos evangélicos nos muestran la responsabilidad del Sanedrín judío de Jerusalén como el primer responsable de la muerte de Jesús. A continuación se verifica la responsabilidad política de su ejecución por parte de Pilato, gobernador romano en Judea. El motivo por el que las autoridades religiosa llevaron a Jesús ante Pilato, son discutidas hasta el día de hoy: blasfemia, todo parece indicar que la “expulsión del templo” fue lo que desencadenó la firme resolución de apresar al Profeta que además aseveró la destrucción del templo, centro del “modus vivendi” de la casta sacerdotal saducea. No obstante, no fue ello suficiente para el dictamen condenatorio de blasfemia por parte de la Corte Suprema judía. Pero, en mi opinión, sí fue esta amenaza de la destrucción del templo lo que hizo ponerse en pie al sumo sacerdote y plantear a Jesús la pregunta:” ¿Eres tú el Cristo, el hijo del Altísimo? “(Mc. 14:61). Y Jesús no sólo responde afirmativamente sino que además se asocia e identifica con el Hijo del Hombre, Juez máximo (en relación a Daniel 7:13; ver Mc. 14:63). Esto fue suficiente para que el sanedrín lo condenara a muerte, no su ejecución, pues eso era prerrogativa única del poder político romano. Fue por tanto la proclamación de Jesús como Hijo de Dios lo que determinó su condena, según Juan 19:7 “Los judíos le respondieron (a Pilato): Tenemos una ley y según esa ley debe morir porque se hizo Hijo de Dios”. De esa manera los sumos sacerdotes quedan desenmascarados ya que su acusación de que Jesús era un rebelde político no era más que un pretexto.

Reflexionemos ahora sobre las razones escriturales y teológicas de la muerte de Jesús:images (4)

* Hechos 2:23 (discurso de Pedro en Pentecostés): “A ése lo matasteis clavándolo – en la cruz – con la ayuda de la mano de los impíos (los romanos, paganos), entregado conforme al PLAN DETERMINADO Y PREVISTO por Dios…”

* Hechos 3:17, ss. (Discurso de Pedro en el templo): “Ahora bien, hermanos, sé que actuasteis por ignorancia, lo mismo que vuestras autoridades. Pero ASÍ llevaba Dios a CUMPLIMIENTO lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Ungido (el Mesías) había de padecer”.

* Hechos 13:27-30 (predicación de Pablo en Antioquía de Pisidia): “Pues los habitantes de Jerusalén y sus dirigentes no lo reconocieron y de ese modo MEDIANTE SU CONDENA CUMPLIERON las voces de los profetas que se leen cada sábado, y sin haber encontrado un delito digno de muerte pidieron a Pilato que lo matara. Una vez que hubieron cumplido TODO LO QUE ESTABA ESCRITO ACERCA DE ÉL, lo descolgaron del madero y lo depositaron en un sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos…”

Observamos en estos pasajes neo-testamentarios cómo la predicación primitiva nos da dos tipos de respuesta sobre el por qué se había podido producir la espantosa muerte en la cruz del que veneraban y proclamaban como Mesías e Hijo de Dios. Primero nos hablan del motivo histórico y del proceso por medio del cual los adversarios judíos y romanos de Jesús acabaron matándolo (cf. Hch. 23:3-15; 4:27; 5:30; 10:39; 13:28). Pero luego aluden a la causa suprahistórica que estaba en el “trasfondo”:

la voluntad de Dios manifestada en la Escritura (Hch. 2:23; 3:18; 4:28; 13:27). Resumiendo, “Cristo murió… conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3). Con meridiana claridad estos textos de los Hechos a que hemos aludido nos dicen que la “CAUSA” propiamente dicha de la muerte cruenta de Jesús no es otra que el inescrutable designio de Dios que “ENTREGÓ” a su Hijo y Mesías a la muerte, en tanto que los hombres obraron por “ignorancia” porque no eran capaces de percibir el misterio divino de Jesús. Dios en persona dispuso que su Mesías había de sufrir. Y ¿quién de nosotros va a pedirle a Dios cuenta de ello? Podemos afirmar pues, que la muerte cruenta de Jesús en la cruz no se puede “explicar” a un “nivel histórico”. Los designios impenetrables de Dios son inexplicables de modo racional. Las categorías bíblicas de “permiso”, “disposición” y “designio” divinos son características de la sabiduría divina. Dicha sabiduría estaba oculta a los actores históricos de la muerte de Jesús, pues de haberla conocido “no habrían crucificado al Señor de la gloria” (1 Cor. 2:6-8). Estas categorías de la sabiduría divina las vemos revelándose en los escritos del Nuevo Testamento con términos como “decreto”, “predestinación” y “conocimiento previo”, todas ellas apuntando hacia un “designio”: Dios dispuso que su Cristo tuviera que padecer motivado sobre todo por amor (ver Juan 3:16). Pablo interpreta con “categorías judías” que la muerte y exhibición en público de Jesús es para expiación de los pecados de los que creen (Rom. 3:17). Dios “no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rom. 8:32; ver la similitud con Isaías 53). “… pero no sólo por nuestros pecados, sino también por los pecados de todo el mundo” (1 Juan 2:2). Por tanto, en virtud de esta visión divina, nos resulta muy difícil y problemático buscar a los “históricamente culpables” de la muerte cruenta de Jesús. Todos los seres humanos somos culpables “porque todos han pecado” (Rom. 5:12). Cuando la iglesia olvida esto, con frecuencia la muerte histórica de Jesús se convierte en una legitimación de su antijudaísmo.

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Una Frase Controvertida: ” ¡Su sangre (caiga) sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” (Mt. 27:25). El texto en griego está sin verbo, por lo que nos podemos preguntar ¿en qué sentido ese “caer”?. El sentido es el siguiente: “Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte”. El marco en el que Pilato se “lava las manos” nos hace pensar en la censura romana sobre el texto evangélico para hacer “quedar bien” al representante del imperio romano en Judea. Desde mi punto de vista todo ello es muy discutible. En ese marco histórico de la enemistad de la iglesia y los judíos podrían explicarse algún texto que otro, como este en que se supone que “todo el pueblo” estaba en el lugar de juicio, la torre Antonia. El patio interior estaba recubierto de losas de piedra caliza, midiendo unos 2.500 metros cuadrados (cf. Jn. 19:13). De acuerdo a esas dimensiones sólo cabrían allí a lo sumo entre 4.000 y 4.500 personas. En tiempos de Jesús, Jerusalén tendría entre 25.000 y 30.000 habitantes. Durante la Pascua, dada la avalancha de peregrinos procedentes de toda la diáspora judía, podían llegar a albergarse en Jerusalén en torno a las 180.000 personas. El grupo que se pudo congregar ante Pilato no supondría por tanto más que un 2 ó 3 por ciento de toda la gente presente en aquellas fechas en Jerusalén.

cc_wall04097_800Con todo lo dicho, no afirmo que Dios no haya disciplinado a su pueblo Israel, los “judíos”, pero también es cierto que si utilizamos en nuestro verbo la sangre de Jesús vertida en la cruz para maldición, ya no sería una sangre redentora, sino vengativa, pues, dice la Carta a los Hebreos, “la sangre de Cristo habla más elocuentemente que la sangre de Abel. No demanda castigo, sino perdón” (Heb. 12:24). Pero además, no debemos nunca olvidar que según Lucas 23:34 Jesús oró en la cruz por sus adversarios: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”. Nos preguntamos, ¿habrá escuchado Dios la plegaria de su Hijo? Si fue así, Israel está situada permanentemente bajo la cruz y la sangre de Jesús expía su culpa por grande que sea.

Hasta aquí esta pequeña y humilde reflexión. Si Dios lo permite, en otra ocasión estudiaremos el quinto Sello del Apocalipsis a la luz de las enseñanzas del profeta William Branham. Creo que ello nos arrojará más luz al respecto del misterio de Israel. Y eso será con el favor de Dios. Shalom.

 

Evangelista: Enrique López Celdrán.

 

Fuentes: Tratado sobre los judíos, F. Mussner.

Un judío lee el Nuevo Testamento, E. Levin.

Jesús en sus palabras y en su tiempo, D. Flusser.

Apuntes de clase, 1985.

 

 

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