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Se entiende que la mejor forma para preservar la verdad íntegra, y trasmitirla de generación en generación, es a través de la escritura palmada en libros. Ni la memoria ni la tradición oral son dignas de total confianza.Este artículo nos mostrará de forma divulgativa la forma de escribir en la antigüedad, y de esa forma apreciaremos la voluntad divina y el esmerado esfuerzo que pusieron los escritores sagrados o heliógrafos para trasmitirnos la Palabra de Dios, la Biblia.

Para nosotros, gracias a la fabricación industrial del papel, a la vez con calidad y barato, y gracias a los instrumentos tan corrientes y manejables como la estilográfica, el bolígrafo, las gomas de borrar, por no mencionar los tremendos adelantos tecnológicos conseguidos en las últimas generaciones. La escritura se ha convertido en algo banal que le permite a cualquier individuo escribir cualquier cosa sin límites, excepto su voluntad o su cansancio.Ahora, estas condiciones técnicas no van más allá del siglo XVI. Por siglos el acto de escribir era difícil y costoso.Se sabe que en tiempos de Cristo estaba ya bien organizado el comercio de papiro desde Egipto y Silicia, ofreciendo una base relativamente abundante. Pero lo cierto es que esta base resultaba cara y difícil de utilizar. Los instrumentos, ordinariamente era UNA CAÑA AFILADA, eran frágiles y poco manejables, sin hablar de las TINTAS, de su composición y su conservación. plumas

Por consiguiente, el arte de escribir era patrimonio de especialistas, siempre preocupados por la economía de medios, como por ejemplo el uso de borrador.

Un escritor, cuando pasaba al acto de escribir debía tener todo lo más seguro posible, y sabiendo lo más perfectamente posible lo que iba a escribir “con pelos y señales” incluidos. Tenía que ser muy conciso en el relato, como ciertas partes del texto entre unas expresiones repetidas al principio y al fin. Ciertos estilos y géneros literarios bien pudieran haber sido exigidos por esas condiciones técnicas; e incluso, maneras que nos parecen “artísticas” también pueden haber sido impuestas por dichas condiciones. El talento del escritor consistiría precisamente en hacer de esa necesidad práctica una expresión de su arte. 

El escritor de la antigüedad estaba delante de su papiro o de su pergamino más cerca del pintor de hoy ante su tela de lienzo que del escritor ante su cuaderno o su computadora. Su superficie era limitada, y por tanto era menester utilizar lo mejor posible. Podemos concluir entonces que a nadie se le ocurría dar rienda suelta a su pluma para unas efusiones de palabras cuyo término se ignoraba al comenzar. Esto lleva consigo ciertas consecuencias.papiro3

En primer lugar, una concisión en la forma y una precisión en los términos. Esto es lo que justifica más aún el análisis y el comentario que hacemos de esos escritores de la antigüedad. Existen géneros litetarios que tuvieron que expresar tradiciones orales,como por ejemplo el relato popular, que eran unidades literarias a las que no se les puede añadir ni quitar nada.
Es esta dificultad técnica para ecribir lo que explica también- al menos en cierta medida- la reutilización de elementos ya redactados; es decir, el escritor o el historiador volverán a utilizar ciertos elementos de los que no son autores pero que integrarán con la mejor habilidad en su propia obra. Veamos un ejemplo en el relato de Ananías y Safira, el discurso de Pedro en casa de Cornelio y ciertos conjuntos redactados en primera persona del plural, pertenecen con toda probalidad a esos elementos ya redactados, y que el redactor último de Los Hechos ha INSERTADO EN EL CONJUNTO DE SU OBRA, bien retocándolos, bien incluso dejándolos a veces tal como estaban.

Desde la ciencia literaria e histórica siempre será difícil afirmar con certeza cuál es el verdadero autor de una obra como Los Hechos, o en qué grado de redacción se sitúa, etcétera. Pero independientemente de cuales fueren las fuentes, podemos señalar que ES LA REDACCIÓN ULTIMA la que nos da el sentido de estos elementos, dando COHERENCIA A TODO EL CONJUNTO. Como creyentes, creemos que el Espíritu Santo guió al escritor como arquitecto último y redactor de un escrito compuesto de piezas anteriores. nicas; e incluso, maneras que nos parecen “artísticas” también pueden haber sido impuestas por dichas condiciones. El talento del escritor consistiría precisamente en hacer de esa necesidad práctica una expresión de su arte.

El escritor de la antigüedad estaba delante de su papiro o de su pergamino más cerca del pintor de hoy ante su tela de lienzo que del escritor ante su cuaderno o su computadora. Su superficie era limitada, y por tanto era menester utilizar lo mejor posible. Podemos concluir entonces que a nadie se le ocurría dar rienda suelta a su pluma para unas efusiones de palabras cuyo término se ignoraba al comenzar. Esto lleva consigo ciertas consecuencias. escribiendo
En primer lugar, una concisión en la forma y una precisión en los términos. Esto es lo que justifica más aún el análisis y el comentario que hacemos de esos escritores de la antigüedad. Existen géneros literarios que tuvieron que expresar tradiciones orales,como por ejemplo el relato popular, que eran unidades literarias a las que no se les puede añadir ni quitar nada.

Es esta dificultad técnica para ecribir lo que explica también- al menos en cierta medida- la re utilización de elementos ya redactados; es decir, el escritor o el historiador volverán a utilizar ciertos elementos de los que no son autores pero que integrarán con la mejor habilidad en su propia obra. Veamos un ejemplo en el relato de Ananías y Safira, el discurso de Pedro en casa de Cornelio y ciertos conjuntos redactados en primera persona del plural, pertenecen con toda probabilidad a esos elementos ya redactados, y que el redactor último de Los Hechos ha INSERTADO EN EL CONJUNTO DE SU OBRA, bien retocándolos, bien incluso dejándolos a veces tal como estaban.

Desde la ciencia literaria e histórica siempre será difícil afirmar con certeza cuál es el verdadero autor de una obra como Los Hechos, o en qué grado de redacción se sitúa, etcétera. Pero independientemente de cuales fueren las fuentes, podemos señalar que ES LA REDACCIÓN ULTIMA la que nos da el sentido de estos elementos, dando COHERENCIA A TODO EL CONJUNTO. Como creyentes, creemos que el Espíritu Santo guió al escritor como arquitecto último y redactor de un escrito compuesto de piezas anteriores.

 

ESCRITO POR ENRIQUE LOPEZ 

 

 

 

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